LECTOFILIA
UN TALLER DE TRABAJO EN DONDE LA MATERIA PRIMA ES EL MUNDO DE LAS LETRAS
miércoles, 15 de junio de 2011
La ira del filósofo, de Eduardo Parra Ramírez
sábado, 4 de junio de 2011
EL REFUGIO DEL HURÓN, de Juan Gerardo Aguilar
Las historias que integran el libro, El refugio del hurón, del escritor zacatecano, Juan Gerardo Aguilar, muestran distintos resguardos en los cuales la felicidad pretende buscar seguridad. Refugios que la mantengan a salvo de los sucesos inesperados. Pues, el simple desprenderse de las hojas de los árboles, bien podría ser el comienzo de una cadena de acontecimientos que darán un rumbo nuevo al destino de cualquiera. La consigna es escabullirse a tiempo del sino fatal del destino, al esperar siempre lo inesperado. De otro modo, las consecuencias suelen ser desfavorables, como bien lo dice el protagonista de la narración que da título al libro: “Subestimar a un oponente es un error que se paga caro”.
Liberarse de la anodina rutina a la manera de un enfermo terminal que, cierto día se entera que aún le queda una oportunidad más de continuar su vida en otro sitio. Lejos de sus certezas, y de sus actividades repetidas durante años. Quizá toda la vida. Escapar de las propias ruinas para fundar una historia nueva. Comenzar desde cero. Reducir a cenizas las memorias del pasado. Prenderle fuego a todo para echarse a caminar hacia adelante, en una interminable búsqueda de la felicidad. Alejarse antes de que sea demasiado tarde. Antes de que arribe la tempestad.
Prisioneros del fantasma del tiempo, muchas ocasiones solemos esclavizarnos a la rutina de la otra persona que envuelve (en sí misma) la esencia de nuestra propia felicidad. El motivo suficiente para concebir todo como un plan de acción para el siguiente día. El enamoramiento como fuente de vida. Como inspiración para esforzarse un poco más. Y de pronto, la vida vuelve a tener sentido, ya que aparece en ella un nuevo deseo.
En el cuento titulado Flores en la ventana, se muestra como un elemento indispensable en la ecuación del cortejo (inicio del camino hacia la felicidad), puede ser capaz de quedar fuera de la misma fórmula: Las flores:
“Por la apacible sensación que insuflan, porque hacen buena compañía, y viven solo lo necesario; a las flores no se les llora cuando mueren, es la ventaja que tienen sobre otros seres vivos, incluso sobre los humanos.”
La historia que, a causa de un descuido en los detalles, habrá de permanecer inconclusa para siempre, porque la vida es un concierto de instantes (o “fotografías ordenadas cronológicamente”), y perder uno solo, es igual que no haber escuchado nunca la sinfonía de la historia personal en cada uno de sus notas. Historia inconclusa.
En este caso, la nota del enamoramiento y sus consecuencias inevitables. Pues es evidente que todo tiene consecuencias. Cada decisión tomada, tarde o temprano vendrá a cobrar la factura. Ante tal evidencia, otro de los personajes manifiesta que: “Lo difícil no es aceptar que las cosas sucedan, sino aceptar que te sucedan precisamente a ti”. A ti que acostumbras ir por la vida intentando esquivar las trastadas de la vida; así sea evitando la vida misma. Entonces es cuando se vuelven necesarios los placebos para la felicidad. Ya sea a través del sopor televisivo; el cuerpo de una mujer; imaginarse vivir una existencia distinta a la propia; o a través del arte, aunque cueste la vida.
Seres cautivos dentro de sus propias cárceles. Prisiones materiales o intangibles. Unas reteniendo cuerpos entre sus muros. Las otras, almas.
“Cada uno habita un microcosmos distinto”, asegura el narrador de una de las historias. Eternos moradores de sus infinitas prisiones. El cuerpo de un hombre aprisionado dentro de un hospital: Su mente en su cuerpo: Su alma en su mente: Un pez en su pecera.
Por otra parte, la prisión de los celos suele ser una historia en donde nadie es inocente, excepto el único señalado siempre como el culpable. Los celos son otra de las tantas trampas de la mente, y una de las más poderosas prisiones que no cualquiera puede evadir con suficiente fortuna. Muchas veces, la única manera de evadir una de las tantas prisiones es, a costa de la vida.
Las fronteras son otra representación de la prisión (“este universo paralelo dividido por un rio”). Y un posterior descubrimiento de la realidad, al darse cuenta de lo que las cosas en verdad son: “líneas imaginarias creadas para prohibir las idas y venidas de la gente”. Prisiones y fronteras, sinónimos de un mismo hecho: “mantener a las personas dentro de ciertos parámetros que permiten un control de la vida en común”.
En síntesis, estos refugios que creen encontrar los personajes que pueblan las narraciones, terminan por transformarse en autenticas prisiones. Lo que, al menos a mí, me lleva a pensar en la felicidad como en un continuo acto de escapismo. Y en consecuencia, dejar atrás, lo más pronto posible, esos refugios de la felicidad. Antes que alguno de ellos se transforme en la última de nuestras prisiones.
lunes, 14 de marzo de 2011
ERASE UNA VEZ EL AMOR PERO TUVE QUE MATARLO, DE EFRAIM MEDINA

sábado, 22 de enero de 2011
EL ARTE POP ó LA BANALIZACIÓN DEL ARTE

El arte pop no es otra cosa que el conformismo y la banalización del arte. La evolución de esta corriente artística, lo que hizo fue invertir la antigua ecuación de sujeto-objeto, es decir, si antes los objetos1 servían al sujeto, ahora, con la implementación del nuevo paradigma, es el sujeto quien sirve a los objetos, a través de una idolatra iconografía tanto de personas como de cosas.
Aunque esta corriente artística haya nacido como una reacción ante el Expresionismo abstracto, al que consideraba vacio y elitista, para nadie resulta novedoso enterarse que el arte pop no es más que la loca pretensión de transformar a la publicidad en arte, pues la ideología de tal corriente se basa casi por completo en ésta última. He aquí una evidencia en boca de uno de sus más representativos exponentes: “El diseño es el arte para todo mundo. Una Coca es buena y todas las Cocas son buenas y eso lo sabe Elizabeth Taylor, el Presidente y también un vagabundo” decía Warhol.
El arte pop en su intento por masificar al arte, por sacarlo de las galerías para llevarlo a las calles, terminó por volverlo superficial, efímero, y netamente comercial; lo que equivale a decir que, simple y sencillamente, lo condujo de un extremo al otro.
Si bien es cierto que entre sus argumentos fundacionales el arte pop establece que su función es la de criticar y/o ridiculizar el estilo de vida de consumo norteamericano, así como a los medios masivos de comunicación que lo promueven, sus pretensiones aún hoy en día están muy lejos de posibilitarse, mucho menos de realizarse. El uso de la ironía y la parodia como instrumentos para atacar al sistema académico del arte y la cultura, apenas si han sido capaces de arrancarle una sonrisa sarcástica al verdadero enemigo: el capitalismo especulativo.
El objetivo primordial no está basado en la creación de obras de arte, en el sentido tradicional del concepto ─como algunos de sus exponentes han afirmado─, sino en exponer el trasfondo del estilo de vida norteamericano cimentado en todo un sistema de mecanismos especulativos y manipuladores que le dictan al hombre ordinario cómo debe vivir, ofertándole una gama de distintos estilos de vida. Por supuesto, todos basados en un consumismo displicente. Sin embargo, ese mismo hombre ordinario (al que se supone va dirigida la obra) es incapaz de capturar la ironía aplicada sobre la creación pictórica, quedándose, de hecho, sólo con una imagen publicitaria descontextualizada que lo más que logra es liberarlo del esfuerzo intelectual de interpretar la obra, lo que el anterior estilo, el expresionismo abstracto (de por sí ya sospechoso) le exigía.
Hay quienes afirman que en la actualidad toda cultura es pop, lo cual a mí me parece una afirmación errónea. Pues, sostener una aseveración así, es igual a decir que la cultura está muerta, o que, a la manera de Francis Fukuyama, respecto a las ideologías, dictaminar el fin de la cultura.
El principal problema que yo encuentro en una postura de esta corriente artística es el abandono, o, al menos, relego, que hace de la obra de arte. Al descontextualizar los elementos que utiliza en el proceso creativo de su obra, el artista pop elimina el espíritu gramatical de aquellos objetos de los que se vale para su creación artística, generando, de tal modo, nada más que una simple imagen estetizada de la vida diaria.
La hiperrealidad tecnológica ha terminado por eliminar el sentido fantástico y mágico de la realidad. Tanto ha laxado la antigua interpretación analítico-crítica, que, al final, ha dado por resultado una masificación del gusto y el juicio estéticos.
El arte pop, a través del collage y el pastiche se apodera de las producciones artísticas del pasado (o actuales), eliminando de ellas toda carga semántica, hasta transformarlas en simples adornos y ornamentos superficiales, sin ningún sentido textual argumentativo.
¿Y a dónde nos conduce este relajamiento, y sutil conformismo? Invariablemente a aceptar que todo es válido, aceptable, y ¿útil? Sí, aunque esta utilidad sea puramente decorativa. Entonces la crítica deja de ser analítica, para cobrar matices de fácil aplauso y aceptación ante cualquier producción artística, lo mismo sea mediocre que altamente elaborada, superficial que profunda. Tal parece que a todo el mundo le inquieta decir algo en contra de cualquiera obra, o cualquier artista.
Actualmente nos encontramos inmersos dentro de un nuevo paradigma estético de “todo se vale”, el anterior “elitismo” del arte no es que haya sido superado, tan solo se transformó en un “elitismo de masas”, el cual ya no busca profundidad en la obra, sino simple espectáculo y moda. Se acrecienta una nueva estética que reivindica “el mundo del arte”, es decir, todo aquello que gira en torno al arte (exceptuando al arte mismo, claro está).
La tan mencionada dispersión en las últimas generaciones de creadores, se debe a una falta de centro gravitatorio que las reunifique en torno a principios que exijan del creador estudio, inteligencia y sensibilidad, satisfaciéndose con un puro gusto estético masificado que abandera y promueve el paradigma de lo fácil, ligero, mediocre, en donde la superficie se cambia por superficialidad, y la profundidad es más bien un vacio de propuestas renovadoras.
Hoy en día para ser “rebelde” y “contestatario” basta con tomar un par de cursos en alguna aula de casi cualquier academia artística, o, localmente hablando, en el Centro de las Artes. A lo que me refiero es que ya no parece necesario realizar ningún esfuerzo intelectual, todo se basa en las apariencias, en una destemplada basuralización mediática que (no podría ser de otro modo dadas las actuales condiciones), a lo mucho se contenta con atacar la superficie de la problemática, dejando a la raíz intacta. Y, por lo tanto, cancelando de antemano cualquier propuesta de ruptura e innovación.
Para acabar pronto, el arte pop hace ya tiempo que apesta.
PO(P)STDATA
Por desgracia, la mayoría de los artistas pop terminaron siendo devorados y digeridos por el mismo monstruo que algún día osaron combatir.
Tampoco debemos sentirnos derrotados de antemano, aunque el problema sigue en pie, nadie ha dicho que la solución para derrocarlo no existe. Pues, mientras el artista puro siga vivo, aún queda una esperanza.
martes, 4 de enero de 2011
TEMPORADA DE CAZA PARA EL LEÓN NEGRO, de TRYNO MALDONADO
Entre los aspectos más rescatables y/o sobresalientes del libro, se pueden considerar la estructura de la narración, la evidente crítica al actual estado del arte en general, aunque en esta obra se circunscribe al terreno de la plástica, y la inserción de minihistorias de buena manufactura, contadas por el mejor amigo de Golo, protagonista de la obra, un tal Nostalgic Zebra (el que, según mi opinión, debió haberse aprovechado más en el desarrollo de la trama).
En cuanto a la estructura porque, ya de entrada, visualmente provoca en todos los sentidos. De la crítica, porque justifica el primer punto, es decir, el romper con los formatos tradicionales de la comercialización. Y el tercero, por lo ya antes mencionado, aunado a que, a pesar de sus muy limitadas apariciones, se convierte en un personaje bastante entrañable.
Si me lo preguntan diré que sí…vale la pena leer este libro.
martes, 14 de diciembre de 2010
LA FILOSOFÍA EN LOS TIEMPOS DE LA DESESPERANZA

Hace poco, releyendo el libro “Manual del distraído” de Alejandro Rossi, me encontré con una aseveración que me pareció muy acertada: es posible que el filósofo, hombre prudente, regrese a las artesanías, a los oficios o a la vagancia.
En uno de los textos que integran el mencionado volumen de narraciones ensayísticas, titulado simplemente “Enseñar”, Rossi nos revela que a partir del siglo XIX la mayoría de los filósofos son profesores. Atrás quedaba la imagen paradigmática del hombre meditativo, dedicado en cuerpo y alma al estudio y reflexión de las grandes interrogantes de la humanidad. Es necesario señalar que tal actitud no provenía de determinadas condiciones, sino que, por el contrario, las características de la vida de aquellos hombres variaban, e iban desde el que, como Descartes, disponiendo de solidas rentas, viaja, vive retirado, elige sus amistades, establece sus horarios de acuerdo con sus gustos; carece de obligaciones pedagógicas, no dicta clases, no corrige exámenes, no revisa planes de estudio, dormita, escribe, hasta el que, como Spinoza, se dedica a pulir vidrios. Entre estos dos extremos, existe una amplia gama de características propias, de acuerdo a cada pensador.
Entonces, encuentro que el punto a partir del cual se generó el cambio de paradigma, se debe menos a una cuestión en la manera de entender a la filosofía, que en la forma de desarrollarse dentro de ella. El mismo Wittgenstein exigía del filósofo: ascetismo, intensidad, concentración. Porque la filosofía no se trata de otra profesión más, sino de un llamado, de una vocación singularísima. Y como tal hay que afrontarla.
Recuerdo cuando, al poco tiempo de haber concluido mis propios estudios universitarios de filosofía, alguien me cuestionó: ¿Oye, y una vez que terminas de estudiar eso, si es posible encontrar un buen trabajo, es decir, en donde percibas un buen sueldo y puedas llevar una vida cómoda y desahogada? A lo que le respondí que yo no había elegido estudiar filosofía para ganar mucho dinero, sino que, simple y sencillamente deseaba estudiar filosofía. Y punto. Además, le aclaré que alguien que ingresara a ese tipo de estudios con la idea en mente de obtener magnos ingresos, de entrada estaba destinada al más rotundo de los fracasos.
Por lo regular los individuos que eligen consagrarse a la actividad de la filosofía, de antemano son considerados como seres pensantes o, al menos, así se consideran ellos mismos. Así que, siendo individuos pensantes, sabrían que para obtener buenos ingresos como profesionistas, lo correcto sería dedicarse a estudiar medicina, derecho, contaduría, o casi cualquier otra profesión, antes que la filosofía. Pues, dentro de un mundo con las características del cual nos encontramos, bien podríamos decir que (junto con la poesía, y todas las bellas artes en general), no sirve para nada. Y no sirve para nada, porque no nos facilita la vida, sino que, por el contrario, usualmente viene a complicarla aún más.
La filosofía no es una de esas profesiones cuya principal función reside en generar soluciones rápidas, sencillas y eficientes ante problemas inmediatos. No, definitivamente, esa no es su función.
Lo que el estudio de la filosofía ofrece, es el desarrollo de ciertas capacidades que habrán ya no brindar una solución para un determinado problema, sino la capacidad de generar una solución ante cada nuevo problema, indeterminado.
De acuerdo a lo anterior, la filosofía en estos tiempos de desesperanza y caos, representa un excelente resguardo y/o tabla de salvación ante la histeria colectiva generada por las actuales condiciones de vida, tan adversas para una convivencia social armónica y pacífica.
Pienso que la filosofía debe ser más una actitud ante la vida que una condición social o de estatus. Volviendo urgente y necesario rescatarla del enclaustramiento al que ha sido sometida dentro de los muros de las universidades.
La filosofía nunca ha necesitado de comodidades o privilegios para desarrollarse. Incluso, volviendo a Wittgenstein, algunas de las obras filosóficas más importantes fueron gestadas en medio de los ambientes más desoladores y caóticos, tal es el caso del Tractatus Lógico-Philosophicus, el cual nació en medio de las trincheras de la primera guerra mundial.
Si se piensa con calma, uno encuentra que la apuesta no resulta tan descabellada, sobre todo considerando que, a fin de cuentas, la universidad no es sino el reflejo de la sociedad, es decir, rígida, artificial, y autocomplaciente. Y porque la filosofía no se trata de un conjunto de teorías, sistemas de pensamiento, o doctrinas que enseñen, sino de una actividad que muestra.
Hoy es casi un imperativo que la filosofía vuelva a ser una práctica común. Tan común que le sea accesible, al empresario, zapatero, artista, o vagabundo, por igual.
